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Goles de ceniza

Felipe Ruiz en la palestra

Guido Arroyo González

Cuando pequeño jugué al arco un par de años, defendiendo el nombre de la Escuela Nº 1 de Valdivia. El punto cúlmine de mi carrera sucedió en los inicios del así llamado período de “transición”. Recién se iniciaba la Primavera y los jugadores no pensábamos en el amor ni menos en poemas que hablaran de amor, sino en arrebatarle la final del campeonato a los hijos de los trabajadores de MASISA. Se trataba de una batalla política, se trataba de un juego épico, se trataba de aquel primer roce con la barbarie machista llamado fútbol.

Nunca olvidaré las palabras del entrenador antes de iniciar la ronda de penales. Me dijo, al tiempo que hacía golpear el par de guantes en mis muñecas, “Tú eres un arquero, y los buenos arqueros no piensan sólo en cubrir la malla sino en cómo anticipar a los jugadores para ser más hábil que el resto”. La ronda de penales la ganamos cuatro a tres, y pese que al final -obligados por el profe- fuimos a abrazar a los perdedores, los hijos de los trabajadores de la empresa más importante de Valdivia no quisieron abrazar a los estudiantes de una precaria escuela pública.

La metáfora implícita en ese recuerdo es justamente lo que recuerdo ahora, al leer las páginas del libro Arquero del poeta -aún joven, o al menos eso se asegura en su reseña de contraportada- Felipe Ruiz. Muchos de los no más de treinta poemas que procuran justificar la publicación de este libro se titulan de la misma manera: tirantes de la noche, pava, ludo, etcétera. Más que textos poéticos que en sí mismos logren conmocionar o interesar al caro o ralo lector, el intento radica en realizar una composición rayana con la prosa que describe alegóricamente los avatares que sufre un navío que viaja hacia o desde Valparaíso. Pero el intento de construir una épica en este Arquero de Felipe Ruiz no resulta, porque sobrecarga el continuum de su narratio con un escaparate de simbologías que resultan ilegibles. Es allí donde su tesitura guarda demasiados ecos con otro vate que ha trabajado hasta el hartazgo con esos parajes naturales. Me refiero a Raúl Zurita, al que Ruiz saquea descaradamente en versos en los que alude al “paraíso vertical de Chile”, o en otros parajes donde el tono plural mesiánico-épico que caracteriza la mayoría de la obra zuritana re-aparece como una mala copia: “Pero era el cielo de Valparaíso el que los recibía// Y con todos sus mundos celofán se hicieron oír los estruendosos/ vientos en su hondear y eran banderas las que ninguneaban las/ atadas muertes de los perros que ladrando se perdían”.

No parece haber historia ni fuerzas para calibrar un momento en este Arquero, pues conviven tanto “patricios”, como alegorías hacia la dictadura chilena, citas literarias o veladas críticas a la escena literaria en la que convive Ruiz: “Si yo pudiese ir sería elegante pero no hay por qué”. Esa mezcolanza, que en otros casos como los descomunales Cantares de Ezra resulta notable (de donde se extrae el epígrafe inicial, siúticamente puesto en inglés: “And then went down to the ship” -“y luego bajó a la nave”-), acá parece un rasgo esquizofrénico en la escritura, que anuda símbolos dispares de manera gratuita. Un error garrafal de los poetas jóvenes es construir versos como si no existiese una historia social que trasciende o cruza las obras. Sin duda resulta diferente escribir sobre la contemplación del mar hace veinte años, que escribir hoy, cuando resulta necesaria una sapiencia política más habilidosa que el pastiche idiota (en las dos acepciones del término).

Quizá el debilucho estado de la poesía “joven” chilena cambiaría si los poetas cumplieran los consejos más básicos que gritonea todo técnico de fútbol: ¡ Hay que mojar más la camiseta! No basta con creer que si uno realiza más enganches el trabajo está listo, o sea, no basta con evidenciarle al lector una historia relamida que encubre un estado de sufrimiento álgido comprensible pero cliché. Las historias y biografías sólo sirven cuando la forma de narrarlas deja algo que no sea una sarta de anécdotas carentes de profundidad o totalitarias en sus claves indescifrables. Y eso ocurre con este libro, cuyo autor asegura que la escritura le ha servido para poder continuar, pero cuyos versos hablan de visiones traumáticas de la infancia que nos dejan con signo de interrogación, como ésta: “vi desvelado a un dios a amarizar; / afuera los mimos corren vestidos de monos animados”. Y en medio de todo emerge una épica trunca donde la historia del país parece un flecha de fuego. ¿Habrá sabido Ruiz alguna vez lo que significa disputar una final contra los hijos de empresarios?  Porque entonces sabría que ser arquero es tratar de ganarles, de contemplar todo el campo de batalla con avidez para vencerlos y que las épicas guerreras son falsas.

Felipe Ruiz, Arquero

Editorial Fuga. 40 p. 2009.