Todo en la vida de Pablo Neruda es una musa. Sus residencias en Chile han sido testigos de cuentos sobre amores e infidelidades, de guerras y jolgorios; una navegación en tierra firme y por mundos de ensueño. Las casas del poeta son quizás la más bella de sus poesías.
Mónica Lowick-Russell
En La Chascona, La Sebastiana y la de Isla Negra -sin nombre específico-, (bautizadas así por Neruda), descansan trazos de la vida del escritor y fragmentos de su personalidad. Atiborradas de objetos en ningún caso azarosos narran viajes, relaciones de amistad y de intensos amores, sus locuras, historias más lúcidas y anecdóticas fascinaciones.
Cosista confeso, convirtió sus residencias en soportes de sus más preciados tesoros. Máscaras, insectos, conchas, estribos y mascarones; chuicos, planisferios egipcios, vajillas y muñecas; cuadros, bandejas, barcos en botellas, miniaturas y mastodónticos. La lista es interminable. Algunos objetos fueron valiosos en dinero, pero todos en emoción. Cada uno hace gala silenciosa de su razón de estar. “…y fueron para mí tan existentes que vivieron conmigo media vida y morirán conmigo media muerte.” (Oda a las cosas, Pablo Neruda).
La casa de los amantes
“…tus ojos, mis ojos, están derramados de roca y madera” (Fragmento, La Chascona, Pablo Neruda)
Primero fue La Medusa, pues así llamaban a su, en aquel entonces, amante y señora de la casa, Matilde Urrutia. Al tiempo se rebautizaría como La Chascona, aludiendo a la misma característica de cabellos desordenados de su mujer, pero a la chilena. Su construcción descompaginada es tan estimulante como los objetos que la completan y las historias que emanan. Muchos todavía viven allí, no sólo Pablo. Matilde, Piero Fornasetti, Diego Rivera, Mario Toral, Marcel Marceaux ¡y tantos más!
Amante de alta mar, ornitólogo de pasatiempo y hombre enamorado. Su casa, bien pensada, describe a su dueño mejor que las palabras. Si hasta se inventaba sus propias ventanas, imponiendo paisajes donde para el resto sólo habían muros.
En la entrada de La Chascona conviven un umbral pintado de hojas y pájaros, un pez (símbolo de Neruda) y fierros entrelazados que leen M y P, eternizando a los amantes. La madera, reminiscencias de su niñez en Temuco y la piedra, musa de dos de sus libros, son protagonistas en ésta y las demás casas.
Un par de zapatos gigantes, de la época en que el índice de analfabetismo era altísimo y las tiendas exhibían lo que vendían a través de representaciones a gran escala. Cartas de puño y letra, un salero y un pimentero en los que se lee morfina y marihuana respectivamente, manuscritos de “Los versos del Capitán”, dos sirenas talladas en madera como mesa, muñecas de porcelana, sus anteojos y la mano de Matilde en bronce como pisapapeles.
La casa en el cerro
“…y como por el mar la primavera, nadando como náyade marina, besa la arena de Valparaíso…” (La Sebastiana, Pablo Neruda)
“Valparaíso hecho casa”. Una colina empinada, llena de escaleras, colores y texturas, por un lado mira al puerto y por el otro a los cerros vecinos. Una vez más una estantería que no agota al curioso y exita al fetichista.
La tinaja para el humo, su chimenea y “la nube”, sillón bautizado así por Neruda apelando a su comodidad y forma, el pájaro Coro–Coro que trajo embalsamado de Venezuela, un baño sin puerta al lado del bar, antigüedades que fueron desechos, su autoproclamado padre en la poesía: Walt Whitman, un lavabo en el escritorio del que nunca ha salido agua; copas de colores, porque según él hasta el agua tenía mejor sabor cuando se tomaba en ellas, su primera máquina de escribir, un gramófono, fotografías del puerto. En el armario: los zapatos y bata de Matilde.
Una casa más en el cerro, pero nada como las demás.
La casa en la arena
“La gran lluvia del sur cae sobre Isla Negra, como una sola gota transparente y pesada, el mar abre sus hojas frías y la recibe, la tierra aprende el húmedo destino de una copa.” (SONETO LXVII, Pablo Neruda).
Y está la casa sin nombre, que paradójicamente es la que más exclama ¡Pablo Neruda! Aquí descansa la famosa María Celeste, mascarón de proa que derramaba lágrimas en los días de invierno, cuando el poeta prendía el fuego en su chimenea.
En este armario, el de su pieza, cuelga el frac con el que recibió el Premio Nobel de literatura y en el escritorio, desde donde se contempla el mar, exhibe la fotografía de uno de sus más admirados escritores: Charles Baudelaire.
Un violín mongol, caracolas de todos los tamaños, un laúd y una chueca; un caballo de tamaño natural, dientes de cachalote y los lúdicos telares de las bordadoras de Isla Negra, globos terráqueos, un barco aparcado a varios metros del mar, y los cuerpos de Pablo y Matilde sepultados lo más cerca de él. Todo hace de ésta, un museo sobre el mundo, en donde sigue presente la historia de este residente en la tierra.
En Santiago, Valparaíso e Isla Negra, sobreviven las exclamatorias piezas que cuentan sobre Pablo Neruda y su tierra.
“…admirador de escarabajos, caminante de arenas, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad……poeta por maldición y tonto de capirote.” (Autorretrato, Pablo Neruda)
Datos:
1: Abiertas de Martes a domingo. Valores:
La Chascona: $2,500 y $3,500 con guías en inglés y francés.
La Sebastiana: $2,500.
Isla Negra: $3,500.
Mayor información en: www.fundacionneruda.org.
2: En La Sebastiana se ofrecen audio guías en inglés, francés, portugués y castellano, para complementar la visita a la casa. Además, cuentan con un centro de información turística para facilitar el recorrido por Valparaíso.
