Thomas Rothe
Somos las que permanecen al borde del camino contemplando abismos, y aún estamos aquí dando pan a nuestros vástagos con espadas en las manos…
Somos las Evas que viajan apresuradas en miles de labios mezquinos.
Somos esas: Las Otras
-Cecilia Carrasco
Las trabajadoras sexuales de un antiguo barrio del centro de Santiago hablan de su oficio en el entorno comunitario y aluden al porvenir de un nuevo fenómeno urbano que ya se está arraigando en Santiago.
El trabajo más antiguo del barrio
Enfundada en una apretada falda negra, tacos altos y con una carterita de cuero falso, Jimena pasa los días parada en la esquina de Mac Iver con Esmeralda a unas cuadras del Museo de Bellas Artes, el Mercado Central y la Vega. Las arrugas de su cara se marcan mientras fuma un cigarrillo y observa a la gente pasar, saludando de cuando en cuando a un conocido del barrio. Está esperando a un “pinche”, como llama ella a los clientes, para poder pagar el costo de la pieza que arrienda a diario y mantener así a sus dos hijos.
De sus 49 años, Jimena lleva 20 ejerciendo como trabajadora sexual de esa esquina. Es una de las más viejas de sus compañeras, un grupo de mujeres conocidas en el barrio como la “tías”. La mayoría de su clientela se constituye de viejos asiduos, obreros y de vez en cuando jóvenes curiosos, como algunos cronistas del periódico estatal, sostiene ella. “Hay algunos que vienen que son pajeros”, dice Jimena. “Hay otros que vienen porque se les corrió la señora o están tristes y quieren llorar”.
A las “tías” les gusta el sector porque es tranquilo, no como otras partes de la ciudad. Lorena, una compañera de Jimena, recuerda que hace nueve años, cuando trabajaba en Ahumada con Huérfanos, un cliente la atacó: “me golpeó, me violó, me estranguló y se llevó toda mi plata”, explica. “Era un psicópata, un oficinista de por ahí que tenía dos hijos y una mujer. Por suerte, en el edificio donde trabajaba había dos guardias que nos protegían y lo pillaron. Salió en las noticias y todo y estuve discapacitada por tres meses. No podía trabajar”.
Después de ese incidente, el Sindicato Nacional Independiente de trabajadoras sexuales “Ángela Lina” la defendió en los tribunales y la asistió para volver a trabajar. “Me ayudó harto. Lo bueno del sindicato es que da ese apoyo a las niñas que normalmente no tienen estudios”, dice. Además de organizar encuentros de apoyo social, el sindicato realiza talleres constantes de educación sexual para evitar la transmisión de enfermedades sexuales. “Nosotras nos cuidamos de las enfermedades venéreas”, afirma Lorena.
Aunque la prostitución sea un trabajo de alto riesgo y mal visto, Lorena y Jimena no lo ven como algo tan distinto a lo que hace el resto de las chilenas. “Hay mujeres dueñas de casas que cuando su marido sale se acuestan con el amante. “Esa también es prostitución,” dice Jimena. “¡Esa sí que es puta! Como dicen: las maracas no cobran en Chile. Esa es la palabra: maraca”.
Lorena ya no pertenece al sindicato, ni a las “tías” tampoco. Dicen que ya no es necesario en el barrio, porque se cuidan entre ellas aunque cada una trabaje por su propia cuenta. A esto se suma la buena relación que tienen con la vecindad que se constituye mayormente por arrendatarios chilenos de bajos ingresos e inmigrantes peruanos. Cuentan que hay un viejo dueño de un taller de piezas mecánicas que siempre conversa con ellas sobre la historia del barrio. De él aprendieron que la plaza Corregidor era un lugar donde la aristocracia santiaguina del Siglo XIX venía a “escoger” las chicas más guapas y jóvenes.
Renovaciones en la comarca
A las “tías” les gusta destacar el carácter de comercio sexual que marca el sector, sin embargo no todos quieren que este sea el sello característico del barrio, cuya fisonomía ha sido materia de revisión en algunos proyectos urbanísticos. El año pasado la Municipalidad de Santiago comenzó la remodelación de la calle Esmeralda, desde Miraflores hasta San Antonio. La iniciativa incluyó la instalación de faroles y árboles junto al retiro de adoquines, dejando durante tres meses la calle reducida a montones de tierra y guijarros, hecho que perjudicó el trabajo de las “tías”.
Poco tiempo después de esta remodelación se inauguró un nuevo café en la plaza. Con mesas hechas de madera gruesa, sillones extravagantes y una gran diversidad en café y té, el local llama la atención desde lejos, pero no la de las “tías” que nunca han disfrutado de su atención: “para qué voy a ir allí si puedo comer una colación a mil quinientos, mil ocho. Un almuerzo allí te sale tres, cinco mil,” dice Jimena. “Me gusta alimentarme pero no crea que voy a pagar esos precios.”
Hoy la calle Esmeralda tiene un nuevo adoquín, faroles y árboles recién sembrados que aún no dan sombra. Casi todas las fachadas de las tradicionales casonas del sector han sido pintadas de nuevo y la plaza Corregidor ostenta una remodelada pileta que, según las “tías” en el pasado era un lugar de reunión habitual para ebrios que la usaron como un baño público.
Estos cambios son parte del proceso inherente del desarrollo urbano, opina Francisco Sabatini, sociólogo y profesor de urbanismo de la Universidad Católica. Pero también, según él, son rasgos preliminares de lo que en Europa y EE.UU. se llama “gentrification” (gentrifiación o aburguesimiento), un fenómeno en el que un barrio popular se ve afectado por la llegada de gente de clase alta o media-alta, lo que provoca un alza de los precios de suelo para los antiguos habitantes de bajo ingresos, provocando de esa forma su expulsión.
“El hecho de que llegue gente más rica a una zona conlleva un cambio radical en la expectativa de los capitales del suelo”, dice Sabatini. Lo que sucede con la gentrificación es que se ha transformado en una nueva forma de negocio para las empresas inmobiliarias: “Llegan los ´gentrificadores´, compran esos suelos a un precio bastante barato, y después hacen un condo con muro y lo venden a las clases altas, generando una diferencia de precio de suelo que resulta bastante rentable”.
Gentrificación: ¿integra o separa?
El término, que viene de la palabra “gentry” – nombre utilizado para referirse a la aristocracia tradicional inglesa – casi siempre se considera un fenómeno negativo donde sucede un proceso de invasión y expulsión. Pero a diferencia de Europa y EE.UU. las clases bajas en América Latina tienden a vivir en las periferias y la mayoría son propietarios de sus terrenos, lo cual facilita la resistencia a su expulsión.
Comunas como Peñalolén y Huechuraba han sido testigos de este proceso. “Las fronteras entre grupos sociales se han vuelto mucho más heterogéneas”, dice Sabatini de estos sectores, “pero no quiere decir que se produce integración social al acercarse físicamente”.
Aunque esta forma de gentrificación está más presente en las periferias que en el centro de Santiago, Sabatini no niega que los cambios a la calle Esmeralda y sus contornos no sean señales de este proceso. Cree que estas transformaciones son fenómenos que indican un cambio cultural que podría resultar en un proceso de pérdida. “Si no provocan el desalojo de los antiguos habitantes, el barrio igual va cambiando y con ello muere la cultura e identidad única del lugar”, dice, lo que causa un duelo psicológico y una sensación de pérdida para los lugareños, como las “tías”.
Por el momento, las “tías” se muestran felices con la nueva apariencia de la calle donde trabajan y no anticipan un traslado de la zona. “Voy a trabajar hasta que me jubile”, dice Jimena, que empezó su oficio a los 14 años. “Si nos intentan mover de aquí igual los clientes llaman por celular, se comunican para ir a un hotel o se abrirá un clandestino o algún lugar donde se arriendan piezas. Como es rentable, nunca se terminan los espacios de este negocio” asegura.

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