Patricio Madrid Chandía
El actor Francisco Reyes posando junto al candidato oficialista Eduardo Frei y a los pocos días, otro de los protagonistas de la bomba televisiva Dónde está Elisa, Francisco Melo, hacía lo suyo esta vez junto al abanderado independiente, Marco Enríquez-Ominami.
A pocas semanas de las elecciones presidenciales, los coqueteos entre el mundo de la política y la cultura continúan. Parece que la popularidad y la ascendencia que los referentes de la cultura nacional tienen sobre la ciudadanía resultan un imán inevitable para los aspirantes a La Moneda en su necesidad de sumar más y más votos. La empatía y el carisma de los artistas nacionales surgen como un bien simbólico transmisible y, por lo tanto, utilizable para los fines propagandísticos que toda campaña presidencial conlleva en sí misma.
Pero tampoco se puede culpar a los políticos de todo. Desde el comienzo de estas elecciones y, para ser justos, ya en las presidenciales del 89, el autodenominado “mundo de la cultura” ha jugado un rol mediático importante en esto de ensalzar o desestimar una candidatura. La hoy histórica campaña del “NO” que significó la derrota de Pinochet y la posterior elección que llevó a Patricio Aylwin al poder, estuvo repleta de actores, escritores, cantantes, artistas visuales y tantos otros, que investidos como albaceas de la democracia, eran capaces con su sola presencia de señalar el camino correcto para el futuro democrático del país.
Veinte años después, este mundo cultural, y su vocación política, aparece más fragmentado. Ya no todos están detrás de la Concertación. Las candidaturas de Jorge Arrate y Marco Enríquez Ominami han captado una adhesión de rostros otrora emblemáticos en el conglomerado del arcoiris; quizás presas del mismo desencanto que las encuestas revelan está afectando al resto de la población. Hasta la candidatura de centroderecha, tan dejada del apoyo de los referentes culturales, tiene hoy en primera línea al actor Luciano Cruz-Coke o al escritor Roberto Ampuero, hablando de la cultura que necesita el país para los próximos cuatro años.
Porque así como los presidenciables buscan a los rostros del espectáculo y las artes para afinar la sintonía con sus electores, los actores culturales se acercan a los candidatos para plasmar a través de ellos, su ideario cultural. Una relación simbiótica que deja en el medio a los ciudadanos, como simples receptores de los que unos u otros consideran debe ser “la cultura” promovida por el Estado y nuestras industrias culturales.
Cuando hay tan pocas diferencias entre los cuatro candidatos que siguen en carrera en temas como el empleo, la economía, la delincuencia o la educación, el abanico se despliega hacia áreas valóricas como la cultura; bajo el supuesto de que el arte debiese ser una de las áreas del desarrollo humano donde más claras están las diferencias políticas entre unos y otros.
No obstante, y tras el largo debate en torno a la cultura que se ha dado en estas elecciones –al menos con reiteradas menciones en prensa, radio, televisión e Internet-, mientras más se acerca el momento de concurrir a las urnas, menos diferencia se aprecian entre unos y otros.
En uno de estos últimos encuentros, al que asistieron Luciano Cruz-Coke por Sebastián Piñera, Alfredo Castro representando a Jorge Arrate, Héctor Noguera por la candidatura de Eduardo Frei y Mauricio Pesutic, por el comando de Marco Enríquez-Ominami, poco y nada hubo de verdadero debate o confrontación de ideas. Acaso el punto más álgido fue cuando Castro rebatió a Cruz-Coke que los concursos del Fondart ya eran segmentados de acuerdo a la trayectoria de los postulantes, por lo que no era necesario presentarlo como una “reforma”, tal cual lo hacía el representante cultural de la centroderecha.
En el resto, sólo coincidencias. Con más o menos halagos, se agradece la gestión cultural de la Concertación durante 20 años de gobierno; la existencia del Fondart y la creación de centros culturales. Difícil esperar otra cosa, cuando ellos mismos forman parte de los beneficiados por estas políticas culturales.
No hay cuestionamiento a la institucionalidad cultural vigente, lo que se discute es la mejor fórmula para inyectarle más recursos a los fondos. Con suerte se habla de “pluralizar” las líneas de financiamiento del Fondart, pero tampoco hay claridad de cuál será el criterio a emplear. Hasta el mismo Noguera fue capaz de sostener que no había grandes diferencias entre unas y otras propuestas, sin que ninguno de los otros representantes levantara la voz.
La candidatura de Piñera, que a comienzos de 2009 puso el dedo en la llaga al cuestionar la idoneidad y la representatividad de los jurados encargados de asignar los recursos del Fondart, apostando a que fuera “la gente” la que determinara qué iniciativas culturales incentivar, hoy retrocede en su discurso y acusa una descontextualización de los medios.
La cultura sigue siendo vista como un bien de unos pocos que debe ser administrada para el resto. Quienes dictan lo que debe ser la cultura chilena, independiente del candidato al cuál apoyan, serán los mismos: la industria cultural del país, que determina cuáles manifestaciones artísticas y cuáles no, pueden entrar al exclusivo y apretado círculo de la alta cultura. Otras expresiones mundanas y menos doctas como el graffiti, la música callejera o los artistas populares seguirán atascados al fondo de la chimenea, esperando que llegue el deshollinador.
No hay que engañarse esperando una revolución cultural en el próximo cuatrienio. Con suerte se dispondrá de más recursos para cine, teatro, visuales y las manifestaciones que hegemonizan el patrimonio artístico criollo. Mientras el Fondart y otros fondos concursables sigan siendo una suerte de microuniverso al cual se accede sólo tras haber descifrado sus códigos, no podremos aspirar a más.
Así será hasta dentro de cuatro años más, cuando nuevamente la industria cultural arremeta al fragor de una nueva elección, flameando la ya cada vez más destemplada y autocumplida profecía que recita una y otra vez que en este país, no se ha hecho nada por democratizar la cultura.
