Píxeles del nacionalismo televisivo

Pixeles de Nacionalismo

Guido Arroyo González

No cabe duda de  que el país que habitamos ha sido el que más ha centrado sus energías en generar propuestas que giren en torno al Bicentenario. En países como en Perú o Haití (el primer país en independizarse, en 1805) el tema ha pasado casi inadvertido. Algunos patriotas mano en pecho se explicarán la razón debido a nuestro estado de modernos jaguares latinoamericanos. Pero la fiebre inusitada que vemos en los programas televisivos guarda otras explicaciones.

Hay una captura de la memoria que cruza desde la reivindicación de la familia progresista y apolítica (idiota, en la acepción original del vocablo) que vemos en los ochentas, hasta una feble intención por dar cuenta de un país unido que vemos cada domingo por las tardes en Chile conectado. Es más que dudoso que un vendedor de camisas -a mediados de los ochentas, y en parte también hoy- pueda sostener una casa de más de cien metros cuadrados y a tres hijos, de la manera que se nos hace creer. Así mismo, la comunicabilidad de un país no se basa en la cantidad de acontecimientos o empresarios esforzados que resistan en los rincones más alejados, sino la construcción de una identidad sólida y un estado que abogue por la real conectividad. Y eso no sucede en éste país anoréxico, porque no se trata hasta cuán lejos llegue la señal de ENTEL o CLARO, sino de la falta de capital estatal que se involucre en el acceso al territorio. Entonces, cuando algún consumidor se molesta por el alza de precios, no debería solamente apelar al control de las mafias interbuseras, sino a la progresiva pérdida de trenes que antaño permitían mayor transporte a un costo bajísimo.

Pero volvamos a la tele, que soslaya esos temas atingentes a nuestra realidad, sin embargo nos entrega chispas de memoria en blanco y negro, realities de época que, apropiándose de toda la historia nacional, la narran de la manera que más les favorece. Como plantea el filósofo Juan Pablo Arancibia “en Chile, la televisión deviene lenguaje y narración de la modernización”. Aquel comercial de Entel donde un hombre adulto de rasgos indígenas retorna a su casa a buscar su celular, es un claro ejemplo de ello. Y como es sabido, tras cada proceso de modernización sucede una inexorable pérdida de identidad que siempre es irremediable. Entonces cómo se puede hablar de programas cuya elaboración se justifica con el fin de acrecentar la identidad shilena, si la paradoja resulta tan profunda.

Y si de paradojas profundas se trata, el candidato presidencial Sebastián Piñera, es un excelente reflejo. Él, que en su intención por gobernar no ha escatimado en recursos, que van desde ser propietario de un canal hasta ofrecer bonos imposibles, conoce muy bien el poder de la apropiación simbólica de la historia. En el marco de su campaña Ponte la camiseta por Chile (que se anuncia con pancartas alargadas de un papel que emula el típico kraft de los textos de Chacón, intentando así extraer la carga simbólica de esa estética), anunció una encuesta pública en la que “todos los chilenos” elegiríamos la canción más representativa del país. En el listado figuraba La cantata de Santa María. ¿Cómo, un político que en teoría y praxis valida la anulación de bases sindicales dentro de la empresa, y que además gusta de figurar en absurdas celebraciones militares, podría avalar el contenido que tiene la cantata? No es comprensible, aunque quizá sí lo sea (como sugiere el filósofo Whily Thayer) que la cultura nacional moderna y los más de cien años de cultura democrática sean a la vez el continuum de la violencia entendida como norma y evidenciada a través del Golpe de Estado.

Para darse cuenta de aquel fenómeno sólo basta ver la soporífera televisión pública. Más allá del “I Love Chile” inscrito en la polera de la estrella de 1810, Angélica la fierecilla de Yungay, me llama la atención una nota exhibida el 18 de mayo en Yingo, que muestra la “entrada” de sus integrantes a la Escuela Militar. Ellos hicieron ejercicios de buceo, simulacros de combate, y se deleitaron con los atléticos cuerpos de los futuros defensores de la patria. Tras la extensa cápsula, cuatro “estudiantes” rubios y apuestos fueron al set, e invitaron a la juvenil masa cautiva a visitar la Escuela porque las puertas están abiertas. Esta técnica se suma a los comerciales televisivos -incluyendo a los de Carabineros- que hacen parecer a las fuerzas de orden como el mejor lugar para alcanzar aquel “futuro esplendor”.

Quien sabe mucho de la utilización de esas fuerzas es Felipe Harboe, actual candidato a diputado por Santiago y ex intendente. Hace poco apareció en el programa Nunca es tarde, donde reveló una interesante anécdota: cuando pingüino era un aguerrido dirigente, y una vez llegó a enfrentarse a Lagos cuando él era Ministro de Educación. Años después, cuando se encontraron en el Palacio, el hombre del dedo en la cámara le dijo algo así como mire dónde lo encuentro. Eso mismo deberíamos preguntarnos nosotros, porque el ex-encapuchado protagonizó uno de los espectáculos más paranoico, falaz y violento elaborado para las cámaras. Me refiero a la ocasión en que pesquisó un inmenso arsenal de material subversivo y/o revolucionario, a saber: la indumentaria de baile de un grupo Capoeira (machetes), y botellas vacías más líquidos químicos e inflamables (ciencia!). Qué elevado nivel de represión debe existir en un país, para que antes de una manifestación la policía estatal realice una precaria puesta en escena con el fin de evitarla. Qué nivel de violencia sucede dentro nuestro, para que gran parte de la población crea que esa acción es positiva, pues protege la seguridad de todos los chilenos. No hay, por momento, una respuesta clara, pero lo cierto es que si usted desea que un diputado entre a su casa y lo meta preso por tener parafina para la estufa, vote por Harboe!

Pero esta situación tampoco debería sorprendernos si el Estado actual tardó un mes en aceptar el reajuste a los trabajadores públicos, pero le otorgó el mismo reajuste sin mediar petición -o protesta- a milicos y pacos. Cuántos asesinos impunes, cuántos proletarios encubiertos (como diría Pasolini) llegarán a sus casas con más dinero y la conciencia dichosa de servir al país. Porque de eso se trata, aunque nada cause más risa y pena que la performance de sujetos uniformados, obligados a hacer ensayos de guerra para demostrarse y demostrarnos que sí son necesarios, que hay que gastar millonadas para comprarles aviones y que sus tanquetas exhibidas como piezas de museo deben ser parte del dominio público en vez de chatarra. Más que mal, ellos terminan siendo las estrellas de programas como “Héroes” o el fatídico “Grandes chilenos” (donde Prat estuvo a punto de ganar), que sólo acrecientan un sentimiento patriótico infundido por una superficial reconstrucción histórica. Ad portas de un bicentenario que ya se atisba como un período de neo-nacionalismo, sería bueno acordarse que lo más memorable del primer Centenario fueron las reflexiones críticas que se preguntaron: ¿Qué chucha hay que celebrar?

Advertisement

Una Respuesta a Píxeles del nacionalismo televisivo

  1. Pingback: Lomo « Revista Huacha

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s