Dentro de los estrenos de dvd’s se destaca para este mes “Che: El Guerrillero”, la segunda entrega del director Steven Soderbergh sobre la vida de Ernesto Guevara. La cinta, junto con develar el fracaso de quien fuera uno de los padres de la Revolución Cubana, deja al descubierto el contraste dentro de una industria que por décadas satanizó y ridiculizó su imagen.
Jorge Núñez Lazcano
Para nadie es un misterio que el cine de los Estados Unidos se ha alzado como puente colonizador dentro y fuera de sus fronteras. Desde sus inicios con El nacimiento de una nación en 1914 hasta producciones más recientes como Pearl Harbor o 9/11, Hollywood ha sobrestockeado las salas y tiendas con películas que ensalzan la imagen de una nación pregonera de valores tradicionales. Un homogeneizante mensaje que buscó también minimizar y estereotipar cualquier tendencia que desafiara esta imagen, como por ejemplo, el comunismo y sus referentes.
En una industria que sabe muy bien las reglas del juego como consecuencia de la feroz persecución del macarthismo medio siglo atrás, emergió un director dispuesto a dar una mirada distinta. Este año se estrenó en el país Che, el filme dirigido por Steven Soderbergh y protagonizado por Benicio del Toro, que narra pasajes de la vida de Ernesto Guevara en dos largometrajes, El Argentino y El Guerrillero, inspirados en los registros del médico: Pasajes de la Guerra Revolucionaria y Diario del Che en Bolivia.
En el pre-estreno del primer filme realizado en el Festival de Cannes del año pasado, Del Toro reveló que había escuchado por primera vez el nombre del ‘Che’ Guevara a los 12 años en una canción del grupo Rolling Stones y que ya desde esa edad lo veía como un hombre malo, un “sangriento”, una imagen en la que los medios y con especial fuerza el cine tuvieron que ver.
El ícono de la revolución, aquel stencil eternizado en millones de camisetas comenzó a retratarse en Hollywood en 1969, con un film homónimo dirigido por Richard Fleischer y protagonizado por el egipcio Omar Shariff, de gran fama por aquella época por su rol en Doctor Zhivago. La cinta resultó ser un verdadero fiasco, y terminó siendo un foco de ácidas críticas que cuestionaban desde su estereotipada visión hasta el financiamiento que recibió de la CIA. Incluso su mismo protagonista la definió como el mayor error de su vida, calificándola como de producto fascista.
Sin embargo, las realizaciones hollywoodenses no se quedaban únicamente en la tergiversación de hechos históricos, ya que muchas veces se cayó en la mera ridiculización no sólo del Che, sino también de la ideología comunista. Los ejemplos sobran y las sagas de Rambo, Rocky y las taquilleras Top Gun y Sol de Medianoche se presentan como las más recordadas.
A estas producciones poco felices de la vida de Guevara y del comunismo les siguió un prolongado silencio, interrumpido en 1996 con el musical Evita, de Alan Parker, que mostraba a un Che cantante en una versión light, y Diarios de Motocicleta, el filme de 2006 con Walter Salles en la dirección de un relato aséptico y exento de lucha armada.
Los riesgos se tomaron calculadamente hasta la irrupción del Che de Steven Sodebergh. El director estadounidense confesó al estrenar su película que quiso darle una historia a la camiseta y, a juzgar por esta narración dividida en dos largometrajes, lo logra plenamente con la proyección de un guerrillero fiel a sus convicciones. Tanto El Argentino como El Guerrillero se presentan como una mezcla de documental y de ficción. Sin embargo, por más que en una primera revisión no se perciban grandes diferencias, existen matices que el propio director resumió declarando que la primera es una película de Hollywood y la segunda es un filme más de autor y modesto, sin las presiones de la industria y sin el “para que funcione”.
En esta segunda parte, el director decide no dar las concesiones al espectador como en la primera entrega. Esta vez la historia se desarrolla a un ritmo parsimonioso, despreocupado y sin que la urgencia de Guevara para realizar su revolución trasunte el desarrollo de sus acciones, cayendo en algunas ocasiones en una ralentización del metraje, inédita para este cineasta. Si en El Argentino se muestra la lucha con las fuerzas del dictador Fulgencio Batista con un Guevara narrador en primera persona y reflexivo, El Guerrillero deja de lado la narración en off, con un Guevara hermético, en ocasiones taciturno. La fotografía de la primera entrega, marcada con los lumínicos y extensos parajes de la sierra cubana y sus plantaciones azucareras, da paso en esta ocasión a la seca vegetación boliviana que le otorga a la historia un tono molesto y claustrofóbico, que va a acompañar al Che hasta sus últimos días.
Tal como su precuela, el filme deja al descubierto el interés del director por dejar de lado los aspectos negativos del protagonista mostrándolo como un hombre coherente con sus ideas, que abandonó a Fidel Castro para dar inicio a otra revolución en lugar de instalarse en la comodidad que otorga el poder. Al igual que en El Argentino, se presenta a un líder carismático y con una voluntad a prueba de todo para llevar con éxito la ejecución política de una ideología que se convirtió en su vida. Así lo quiso Soderbergh, con una historia contada a partir de un solo punto de vista, y sin dar espacio a la controversia que genera el personaje.
Sin dejar de tener en cuenta estos últimos elementos, El Guerrillero puede ser visto como el cierre de un desagravio que el director hace a Guevara, sin endiosamientos, pero rompiendo con los estereotipos de “el maquiavélico” que se le dio en las producciones de fines de los 60’s, y sin la caricaturización de la ideología, distinguible en muchas producciones hollywoodenses, sobre todo de la Guerra Fría. Soderbergh entrega, desde la misma industria, una mirada, madura y desapegada a cualquier pasión anacrónica norteamericana de la vida de Ernesto “Che” Guevara; un acto de justicia para quien buscó eso para todos los pueblos latinoamericanos.

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