Filtraciones de un otro

La semejanza perdida

Encontrar semejanzas es construir una imagen crítica (en los dos sentidos de la palabra crítica)” Beatriz Sarlo

Guido Arroyo González

Antes de iniciar la lectura de los cinco ensayos que componen este libro, el autor advierte al lector que estos nacieron sin respaldo y sin filiación porque son, o sólo esperan ser, un conjunto de temas, deseos y esperas. Y cumple a cabalidad su aviso, porque al analizar desde distintos ángulos las posibilidades de comunicación y narración en esta (supuesta) era postmoderna, detectando las deformaciones en la modulación del habla que la modernidad ha generado, quedan flotando sobre un estero textual incógnitas y anhelos que se resisten a desaparecer arrinconados en las notas a pie de página. Y digo estero y no marea porque pese a la desazón que guarda el tono de este libro, su escritura es calmada y en pasajes rayana con la prosa poética.

“¿Cómo describir las herencias insensatas del poder que quedan en las escrituras que usamos a diario?”, se pregunta Ossa, y tras las letras percibimos el deseo de representar el horror con el fin de cuestionar el poder que expande como eco su injusta herencia. No existe, claro está, una respuesta, pero sí existe la necesidad de tamaña pregunta, que cobra fuerza en un paratexto del mismo libro, una de las fotografías de Diana Duhalde que ilustra los ensayos en la que aparece el rostro de un adolescente apoyado sobre al vidrio de una micro, fatigado, como si regresara o fuera al trabajo. Aquella foto punzante devela el carácter político en el cual se encauzan los temas, deseos y esperas del autor. Y pese a que nuestra subjetividad esté moldeada y deformada por el capitalismo imperante, se apela a que esa imagen -como diría Jaques Rànciere- sí nos devuelva la mirada, interpelándonos por los resultados de aquella modernidad que ha deformado el lenguaje.

Si bien “los hechos sólo se pueden narrar, pero el narrar no dice nada de los hechos”, “el yo arañado por la escritura en la que busca defensa, finalmente, exhibe los orificios de un saber inestable que habla de una existencia, sin decirla jamás”. La impotencia de ese no decir y la aparición de este libro, guarda relación con la apreciación de Edward Said quien retrata a la figura del intelectual como un francotirador, justamente debido a las injusticias sociales que obligan a lo que se entiende por intelectual, a tomar postura en la arena pública para dar cuenta de ellas. Y claramente en estos ensayos tanto la captura del lenguaje como la imposibilidad de dominio biográfico que sufre el sujeto moderno, emergen enunciados con la intención de dislocar aquellas condiciones, utilizando la escritura como acto paradójico que sólo puede resistir el discurso. De ahí que el epígrafe de Sarlo -extraído de una afirmación sobre el “narrador” de Walter Benjamin- resulte un doble filo, pues al develar la pérdida de la semejanza en el acto comunicativo, Ossa construye una imagen crítica que sólo enuncia la crisis -la otra acepción de la palabra crítica-, pero que como toda imagen es capturada por las tram(p)as del mercado.

Pero no se trata sólo de develar o exhortar precariamente, hilvanar palabras de aguda crítica como quien se sienta a escribir a la intemperie a sabiendas de la nebulosa tormenta a la que asistimos cada día. La escritura de Ossa, que opera como trasvasije de pensamiento, guarda una convicción que va allende las posturas acomodaticias del refunfuñón que sólo cuestiona sin proponer siquiera una zona estable desde la cual emitir discurso. Por eso la inevitable sensación que sucede -o que me sucedió- al recorrer estos ensayos compuestos sin morada fija, fue de deseo por fisurar las operaciones que controlan la comunicación y que intentan hacer de ella un tráfico tan carente de aventuras como un almuerzo de domingo en el mall. Y aún ese intento resulta necesario. Porque “narrar también es interrumpir” y -como advierte Ossa en otro texto- el silencio también es una forma de historia.

La semejanza perdida, Carlos Ossa,

Ediciones Metales Pesados, 2009, 136 pp

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